La
noche del sábado acabó en
una verdadera fiesta con Jesús Sacramentado
y con María nuestra
Madre. Qué gozo hacer del lugar un Cenáculo rebosante de la presencia del Espíritu, como una fiesta de Pentecostés, y llenarnos de alegría, paz y amor que tanto necesitamos
para lanzarnos a la misión de llevar la
Buena Noticia a los pobres y a todos los que deseen acoger el Evangelio. Había que llegar a la Eucaristía del domingo para ver los rostros
transformados; la música, el canto
y el clima de oración han hecho un
verdadero milagro. Qué maravilloso es Dios que no deja de amarnos, y qué precioso
descubrir el sueño de Dios que
alegra nuestro corazón y nos hace
felices. La sonrisa de Dios se manifestaba en nuestros rostros. ¡Qué felicidad llenarnos de Dios! No hay
una alegría mayor y esa
alegría la hemos
experimentado en este fin de semana. Solo puedo dar gracias a Dios por su
bondad, su ternura, su misericordia porque ha estado grande con nosotros.
Lázaro Albar